Serigrafías Oswaldo Vigas: Creo y luego existo.

“Trato de comprender la trágica condición del ser humano, por haber escogido el camino equivocado. Para mí la pintura viene a curar un poco esa herida, nos recuerda los caminos que hemos perdido, que recuperamos temporalmente por la emoción artística…” (Oswaldo Vigas)

La Poyer Galerie, por segunda vez, hace llegar a Margarita la obra de Oswaldo Vigas. En el 2013 fueron sus impactantes Clichés, en una exitosa muestra y en el 2015 será una selección de sus obras en una cuidada curaduría, todo esto gracias al esfuerzo y voluntad de Nilda Mijares Poyer; y su sueño de que la Perla del Caribe reciba a sus visitantes con muestras de arte venezolano de alto nivel.

La obra del maestro valenciano Oswaldo Vigas (1928-2014) es paradigmática, pues son iluminaciones para la historia de la pintura latinoamericana. Se adentra en la diversidad de nuestra alma colectiva, a través de la reproducción de obras serigráficas originales de obras tan tempranas como el “Tetragramista”, guache de 1943, hecha a los diecisiete años de edad, donde se percibe de manera contundente la firmeza del dibujo, la pincelada y la pasión creativa de la que nace su creación. Donde la metamorfosis de lo orgánico y lo inorgánico, se recrean en gritos silenciosos y vitales rasgos presentes hasta en los últimos cuadros que pintó en el laberinto de su taller en Caracas, su cueva iniciática creativa. Aún se encuentran en él las estalactitas y conos volcánicos nacidos del gotear de su pincel que deslizaría sobre el lienzo. Esta pasión por lo matérico se plasma también en la huella del pálpito de su alma que dejaron sus manos en la arcilla que se convirtió en monumentales esculturas de bronce, que representan formas arquetipales latinoamericanas, y los misterios de la existencia.

A principios de los cincuenta brotó la pasión del artista por las fuerzas de la vida, representadas en el eterno femenino. A través de ellas logró escapar de la razón, para nutrirse en el océano de lo intuido y lo insospechado basándose en la investigación realizada en tiempos de la férrea dictadura de Marcos Pérez Jiménez (1952-1958). Las piezas de esta década avizoran lo que será una de las obras maestras del continente como es “La Bruja de la Culebra”, 1951-52, y paradójicamente también son los años en que nace la obra geométrica que dará nacimiento a sus murales de la UCV, como son los estudios preparatorios de”Alacrán”, 1952 recreación paradigmática de nuestras diabladas, en el óleo “Yare”, 1952. En este contexto nace “La Gran Bruja”, 1952, pieza única en la historia del arte contemporáneo. No nació de un rapto creativo, sino de esa pasión por la creación y la curiosidad que alimentó la existencia del valenciano

Esta obra causó conmoción y enconadas polémicas en una Caracas acostumbrada a deleitarse en la pintura paisajista, melancólica, y postimpresionismo. En este ambiente irrumpe un joven recién graduado de médico, ganará con ella el Premio Nacional de Artes Plásticas, y con otras pinturas los premios Arturo Michelena y el John Boulton. Era, y aún es, algo inusual en el medio cultural, tal consenso cultural ante la calidad estética de un artista lenguaje plástico. Representa el acercamiento al eterno femenino presente en su obra desde una década atrás, como se evidencia en “Muchacha de los Andes” (1946-1947), años en que se vivió bajo el gobierno nacido de un golpe cívico- militar para unos y para otros la revolución de Octubre. La visión que representan estas piezas es una rebelión hacia el caudillismo mesiánico, respuesta silente al autoritarismo, obras plenas de esperanza en las fuerzas creativas de diosas madres que brotan en su pintura y en el eterno femenino.

En “La Gran Bruja”, 1952 el plano de fondo son unas mandíbulas monstruosas, que dan nacimiento a la figura simbólica que se convertirá en protectora de la vida, así como la gran serpiente devoró a Maria Lionza para nacer de su vientre renacida. La cabeza de forma rectangular, es un tributo a la Venus de Tacarigua y a infinidad de diosas madres de barro encontradas por el artista en las cercanías del lago de Valencia en su juventud. Representa también a la coqueta con los cachetes coloreados, con aretes que parecen caer como semillas, inspirado en los contrastes cromáticos de la cultura goajira, que conoció de primera mano en sus viajes por la goajira. El cuerpo rectilíneo, alargado casi fálico, fusiona lo masculino y lo femenino; lo activo y lo pasivo. Los tímidos senos, y la vagina, representada en un triángulo invertido de colores terrosos, reforzados por líneas rectas y angulosas. Contrastan con los brazos dominados por la asimetría orgánica. Esta figuración niega todo principio de realidad con plena conciencia, pues el creador conoce a fondo la anatomía del cuerpo humano, por sus estudios de medicina. Alrededor de esta epifanía visual, están algunos de los principios constitutivos del universo, expresados como ecos de una lejana sabiduría.

Si “La Gran Bruja” expresa el Alfa del eterno femenino latinoamericano, la “Diablesca” sería el Omega. La conjunción del principio y el fin… Ya no estamos ante la diosa bondadosa, cual árbol de la vida, de donde brota el universo en un poética explosión primigenia. Sino se está ante formas envolventes que rompen con toda angulosidad. Geometría abstracta, donde el orden se hace caótico, y la entropía quietud. El vigor del color es puro, chillón, reta al espectador a observar una pintura que es pura expresividad envolvente cual agujero negro. En esta aproximación a la obra de Vigas, se videncia un lenguaje que brota de un recorrido lento, sentido, apasionado, auténtico e irreverente hasta en sus últimas pinceladas. La “Diablesca” está separada en el tiempo de la “Gran Bruja” por más de medio siglo. En ella se expresa la madurez y la sabiduría adquirida por el artista con el devenir del tiempo. Estamos ante una figuración donde cada fragmento se convierte en un todo. Los colores cálidos se contraponen con los fríos. Estableciendo una tensión que evade el tiempo y espacio newtoniano para expresar el tiempo y el espacio curvo de la visión de Einstein. Así evade la recta, y los monstruos de la razón. Es una imagen arquetipal de nuestro presente global. Donde domina la alegría y la esperanza, expresionismo contemporáneo que refleja la convulsión no sólo de nuestra pequeña Venecia, o de un continente, sino de un planeta azul en un desconocido universo que pareciera estar en expansión.

Entre estos iconos creativos están obras también paradigmáticas como “La señora de la Hojas”, 1965, calidoscopio de pinceladas donde la figura se esconde entre trazos y colores, que van de la vitalidad del rojo a la pasividad del negro; ocultan cual máscara el rosto ancestral de un continente. En esta mínima aproximación a la obra de Vigas, no puede dejar de ser mencionada lo que podríamos llamar la sublime obra lúdica. Entre ellas se encuentra El Malabarista, (2000) una figuración donde predomina el dibujo, y líneas realizadas con gruesas pincelas negras, donde el color pareciera apaciguarse, para repentinamente surgir como breves iluminaciones, entre grises, negros y blancos, expresión de la frescura, el humor, la gracia, y la belleza juguetona que se expresa en piezas como “El Principito”(1995), y “la Familia”(1995) . El vacío se incorpora a la obra y la textura del lienzo se hace presente incluso en la calidad de las serigrafías de la exposición.

La visión del mundo que representaba esa manera de pintar, evidenciaba el agotamiento de la cultura y el arte complaciente a lo largo del siglo XX y aún en el siglo XXI. Este lenguaje cuando se mostró con toda su contundencia, en los cincuentas, era una crítica al positivismo venezolano, que se expresaba en el arte y la política. Pero este país atávico no logró acallar la rebeldía de su pasión por el Arte. Vigas siempre estuvo inspirado por la inconformidad, en la continua investigación, la experimentación, la constancia que desde joven asumió como disciplina y parte integrante de su cotidianidad. Crear era para él como respirar, y el arte para el maestro Oswaldo Vigas lleno cada momento de su vida; en ella se encuentran las dimensiones que delatan sus múltiples fuentes de inspiración, entre las cuales estaban su amor por la conversación, la música, la lectura y la cocina. Entre estas actividades brotaba de su imaginación esbozos espontáneos que, en un futuro, se convertirán en obras que serán sometidas a su mirar crítico durante días, semanas y, a veces, años. De ahí sus cientos de bocetos en servilletas, tickets de metro, hojas sueltas… de donde nació gran parte de sus obras. Sentía y creaba para existir. Cuantas veces el maestro Vigas entre secretos le susurró a sus amigos: “moriré trabajando, manchado de pintura y creando”.

PhD. Eduardo Planchart Licea

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